Casa desolada

Casa desolada

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—¡Mira! —exclama el inquilino, señalando todo eso a la atención de su amigo con un dedo tembloroso—. Ya te lo dije. La última vez que le vi se quitó la gorra, sacó el atado de cartas viejas, dejó la gorra en el respaldo de la silla (donde ya tenía la levita, porque se la había quitado antes de ir a correr las contraventanas) y cuando me fui estaba dándoles vueltas a las cartas, justo ahí donde está esa cosa negra tirada en el suelo.

¿Se habrá ahorcado en algún rincón? Miran por todas partes. No.

—¡Mira! —susurra Tony—. Al pie de esa misma silla hay un trocito de esa cuerda roja que se utiliza para atarla las plumas. Era con lo que tenía atadas las cartas. Él las había desatado con toda calma, mientras me hacía muecas y se reía de mí, antes de empezar a darles vueltas, y lo dejó caer ahí. Yo mismo lo vi caer.

—¿Qué le pasa a la gata? —pregunta el señor Guppy—. ¡Mírala!

—Debe de haberse vuelto loca, y no me extraña en esta casa endemoniada.

Avanzan lentamente, escudriñándolo todo. La gata sigue en el mismo sitio en que la encontraron, y sigue enseñándole los dientes a algo que hay en el suelo, delante de la chimenea y entre las dos sillas. ¿Qué es? Hay que levantar la palmatoria.


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