Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad La señora Peerybingle salió al intempestivo anochecer y, chancleteando sobre los adoquines húmedos con unas almadreñas que iban dejando por todo el patio rudimentarias impresiones del primer postulado de Euclides, llenó el Hervidor en el aljibe. Ya de vuelta, sin las almadreñas —lo cual suponía una merma considerable, pues eran altas y la señora Peerybingle, más bien menuda—, puso el Hervidor al fuego. Al hacerlo perdió los estribos, o bien no supo dónde los dejó un instante, pues el agua —estando desapaciblemente fría, en esa clase de estado escurridizo, a medio derretir, como si fuese aguanieve, en el que parece penetrar a través de cualquier material, incluidos los tacos de las almadreñas— se había apoderado de los dedos de los pies de la señora Peerybingle e incluso salpicado sus piernas. Y cuando nos vanagloriamos (no sin razón) de nuestras piernas y cuidamos particularmente de la pulcritud de las medias que llevamos, esto nos resulta, por lo pronto, difícil de soportar.