Cuentos de Navidad

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Edward, el marinero —que era un muchacho bueno, generoso y apuesto—, les estaba narrando diversas maravillas acerca de los loros, las minas, los mexicanos y el oro en polvo cuando de pronto se le ocurrió levantarse de un salto y proponer un baile, pues el arpa de Bertha estaba allí y ella la tocaba como pocas veces se puede oír. Motita (que bien podía tornarse ladina y afectada cuando quería) dijo que ya no tenía edad para bailar, creo que porque el Carretero estaba fumando su pipa y ella prefería sentarse con él. Después de aquello, a la señora Fielding no le quedó más remedio, obviamente, que decir que ya no tenía edad para bailar, y todos dijeron lo mismo, excepto May; May estaba dispuesta.

De modo que May y Edward se pusieron en pie, entre el aplauso de todos, para bailar solos, mientras Bertha tocaba su pieza más animada.








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