David Copperfield
David Copperfield Escribí a Agnes cuando Dora y yo nos hicimos novios. Le envié una carta muy larga, en la que le explicaba lo feliz que me sentía y lo adorable que era Dora. Le pedía que no considerase esta historia una pasión superficial que pronto dejaría paso a otra, ni uno de esos caprichos infantiles sobre los que tanto habíamos bromeado. Le aseguraba que la profundidad de mi amor era insondable, y le expresaba mi convencimiento de que jamás había existido otro igual.
No sé por qué, pero mientras escribía a Agnes aquella hermosa mañana junto a mi ventana abierta, el recuerdo de su mirada clara y serena y de su dulce rostro acudió a mi pensamiento, y pareció derramar tanta paz sobre la agitación y las prisas en que vivía desde hacía algún tiempo –y que, en cierto modo, formaban parte de mi felicidad– que las lágrimas asomaron a mis ojos. Recuerdo que apoyé la cabeza en mis manos con la carta a medio escribir, imaginando que Agnes era uno de los elementos de mi hogar espiritual. Como si en el retiro de aquella casa que la presencia de Agnes convertía en sagrada para mí, Dora y yo fuéramos a ser más felices que en ninguna otra parte. Como si en el amor, la alegría, la tristeza, la esperanza, el desencanto o cualquier otra emoción, mi corazón se volviera de forma natural hacia ella, y encontrase en Agnes su refugio y su mejor amiga.
