David Copperfield
David Copperfield Tan pronto como pude recobrar mi presencia de ánimo, que me había abandonado por completo después del golpe que supuso la noticia de mi tía, le propuse al señor Dick que viniera conmigo a la tienda de ultramarinos y tomase posesión de la cama que el señor Peggotty acababa de dejar libre. Dicho comercio se encontraba en el mercado de Hungerford,[72] un lugar muy diferente en aquellos días. Para entrar en él, había que pasar bajo unos soportales de madera (no muy diferentes a los que tenían los viejos barómetros, delante de la casa del hombrecito y de la mujercita), que agradaron sobremanera al señor Dick. Supongo que el orgullo de hospedarse encima de aquella construcción le habría compensado de cualquier incomodidad; pero como no había nada que objetar, si exceptuamos la mezcla de aromas que ya he mencionado con anterioridad, y quizá cierta falta de espacio, lo cierto es que se mostró encantado con su alojamiento. La señora Crupp le había asegurado muy irritada que allí no había sitio ni para columpiar un gato; pero el señor Dick me dijo con gran sensatez, sentándose a los pies de la cama y balanceando una pierna:
–Sabes, Trotwood, no tengo el menor interés en columpiar un gato. Es algo que no hago nunca. Así que, ¡qué importancia tiene eso para mí!
