David Copperfield
David Copperfield Me alegró saber que el señor Micawber había arrojado lejos de sí el polvo y las cenizas, y que por fin había surgido algo. Como la invitación era para aquella misma noche, según dijo Traddles, expresé mi deseo de aceptarla; y nos dirigimos juntos a la casa donde vivía el señor Micawber bajo el nombre de señor Mortimer y que se hallaba casi al final de Gray’s Inn Road.
El mobiliario de las habitaciones era tan escaso que encontramos a los gemelos, que ya tenían ocho o nueve años de edad, acostados en una cama plegable en la sala de estar, donde el señor Micawber había preparado en un aguamanil lo que él denominaba un «elixir» de la agradable bebida que tanta fama le había dado. Tuve el placer, en esta ocasión, de renovar mi amistad con el hijo mayor de mis anfitriones, un prometedor muchacho de doce o trece años, muy propenso a agitar brazos y piernas, fenómeno harto frecuente entre los jóvenes de su edad. También me presentaron de nuevo a su hermana, la señorita Micawber, en la que, según el señor Micawber, «su madre recuperaba la juventud como el ave Fénix».
–Mi querido Copperfield –exclamó el señor Micawber–, usted y el señor Traddles nos encuentran a punto de emigrar, y excusarán las pequeñas incomodidades inherentes a esa situación.