David Copperfield
David Copperfield Llevaba más de una semana con mi nueva vida, y mis buenos propósitos se mantenÃan más firmes que nunca, tal como la crisis requerÃa. Continuaba andando sumamente rápido, más o menos convencido de que progresaba. Convertà en una norma poner toda mi energÃa en cualquier empresa que acometiera. Hice de mà una verdadera vÃctima. Incluso albergué la idea de ser vegetariano, con la vaga impresión de que transformándome en un animal herbÃvoro me sacrificarÃa por Dora.
Hasta ese momento, la pequeña Dora desconocÃa mi desesperada firmeza, si exceptuamos lo que mis cartas dejaban confusamente entrever. Pero llegó otro sábado, y era el sábado en que ella visitarÃa por la tarde a la señorita Mills, y en que yo acudirÃa a tomar el té cuando el señor Mills se hubiese marchado a su club de whist (hecho que me comunicarÃan poniendo una jaula en la ventana central del salón).
