David Copperfield

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XXXVIII La disolución de una sociedad


No dejé que se enfriara mi resolución de seguir los debates parlamentarios. Era uno de los hierros que empecé inmediatamente a calentar, y uno de los que conservé al rojo vivo y martillé con una perseverancia de la que puedo sentirme orgulloso. Compré un buen método del noble arte de la estenografía y de sus misterios (que me costó diez chelines y seis peniques), y me sumergí en un mar de perplejidades que, en pocas semanas, me condujo a las puertas de la locura. Los cambios marcados por los puntos, que, según su posición, significaban una cosa u otra completamente diferente; las increíbles extravagancias que se realizaban con los círculos; las consecuencias inexplicables que se derivaban de unos signos que parecían patas de mosca; las terribles secuelas de una curva colocada en el lugar erróneo… no sólo turbaban mis horas de vigilia, sino que me perseguían en sueños. Cuando había logrado abrirme paso a tientas, ciegamente, a través de todas esas dificultades y dominaba el alfabeto, que era en sí mismo un verdadero templo egipcio, vi aparecer un desfile de nuevos horrores, llamados arbitrariamente caracteres. Jamás he conocido unos signos más tiránicos. Por ejemplo, un garabato que se asemejaba al principio de una telaraña quería decir expectación, y otro que recordaba a un cohete significaba desventaja. Cuando conseguí grabar en mi memoria a todos esos miserables, me di cuenta de que habían borrado de mi cabeza todo lo anterior; y, cuando volví a empezar desde el principio, fueron ellos los que se desvanecieron; y, mientras trataba de recuperarlos, perdí otros fragmentos del sistema; en una palabra, era descorazonador.


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