David Copperfield

David Copperfield

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–La señorita Spenlow –prosiguió la señorita Murdstone– intentó engatusarme con besos, cajitas y pequeños artículos de joyería que, por supuesto, yo rehusé. El perrito se escondió debajo del sofá cuando me acerqué a él, y me costó mucho sacarle con la ayuda del atizador. Incluso una vez fuera, siguió con la carta en la boca; y cuando traté de quitársela, corriendo el riesgo de que me mordiera, apretó los dientes con tal obstinación que prefirió quedar suspendido en el aire antes que soltar el papel. Finalmente, logré apoderarme de él. Después de leerlo, pregunté a la señorita Spenlow si tenía muchas otras cartas parecidas, y acabé consiguiendo que me entregara el paquete que ahora está en manos del señor Copperfield.

Entonces terminó su alocución; y, cerrando de golpe el bolsito al mismo tiempo que la boca, pareció una mujer que podía quebrarse pero que jamás se doblegaría.

–Ya ha oído a la señorita Murdstone –dijo el señor Spenlow, volviéndose a mí–. ¿Tiene usted algo que añadir, señor Copperfield?




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