David Copperfield
David Copperfield –¿Qué sucede? –inquirÖ. ¿Qué ha ocurrido?
–¿Acaso no lo sabe? –preguntaron Tiffey y los demás, rodeándome.
–¡No! –respondà mirando a todos, uno tras otro.
–El señor Spenlow –dijo Tiffey.
–¿Qué le ha pasado?
–¡Ha muerto!
Pensé que era la oficina y no yo la que se movÃa, mientras uno de los escribientes me sujetaba. Me sentaron en una silla, me deshicieron el nudo de la corbata y me trajeron un vaso de agua. No sé cuánto tiempo transcurrió.
–¿Ha muerto? –repetÃ.
–Ayer cenó en la ciudad y regresó guiando él mismo su faetón –explicó Tiffey–; habÃa enviado al lacayo antes a casa, en la diligencia, como hacÃa algunas veces…
–¿Y qué pasó?
–El faetón llegó a Norwood sin él. Los caballos se detuvieron en la puerta del establo. El criado salió con una linterna. No habÃa nadie en el carruaje.
–¿Se habÃan desbocado los caballos?