David Copperfield
David Copperfield No tuve ocasión de estar ni diez minutos a solas con Agnes. Apenas pude mostrarle mi carta. Le propuse que diera un paseo conmigo; pero, al repetir tantas veces la señora Heep que se encontraba peor, Agnes tuvo la generosidad de quedarse en casa para hacerle compañÃa. Al anochecer salà solo a la calle, y empecé a meditar lo que tenÃa que hacer y si no me equivocaba al ocultar por más tiempo a Agnes lo que Uriah Heep me habÃa contado en Londres; lo cierto es que aquella escena me atormentaba de nuevo.
Aún no habÃa salido de la ciudad, por la carretera de Ramsgate, andando por un sendero que discurrÃa a su costado, cuando oà una voz que me llamaba a mis espaldas. A pesar de la oscuridad, la silueta desgarbada y el pequeño sobretodo eran inconfundibles. Me detuve y Uriah Heep se acercó.
–¿Y bien? –le pregunté.
–¡Qué deprisa anda! –exclamó–. Mis piernas son bastante largas, pero les ha costado darle alcance.
–¿Dónde va? –pregunté.
–Voy con usted, señorito Copperfield, si me concede el placer de pasear con un viejo conocido.
Y, con un movimiento brusco que podÃa ser tanto conciliatorio como irónico, empezó a andar a mi lado.
–¡Uriah! –dije con toda la cortesÃa que pude, después de unos momentos de silencio.