David Copperfield

David Copperfield

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–¡Estaba seguro! –gritó Uriah, cuyo rostro, a la luz de la luna, parecía fláccido y de color plomizo–. Pero ¿qué puede saber usted, señorito Copperfield, de lo importante que es mostrarse humilde para una persona de mi posición? Mi padre y yo nos educamos en una escuela de la beneficencia; mi madre, en otro centro público de caridad. Desde la mañana hasta la noche, nos inculcaban a todos una gran dosis de humildad… no recuerdo que nos enseñaran otra cosa. Debíamos ser humildes no sólo ante esta persona sino también ante aquella otra, quitarnos el sombrero, hacer reverencias, saber siempre el lugar que nos correspondía y rebajarnos ante nuestros superiores. ¡Y teníamos tantos superiores! Mi padre ganó la medalla de primer ayudante gracias a su humildad. Yo seguí su ejemplo. Mi padre se convirtió en sepulturero gracias a su humildad. Tenía fama, entre la buena sociedad, de ser un hombre tan correcto que decidieron ayudarle a prosperar. «Sé humilde, Uriah –me decía–, y lograrás abrirte camino. Es lo que siempre nos inculcaron en la escuela; lo que da mejor resultado. ¡Sé humilde –insistía– y llegarás lejos!» Y lo cierto es que no me ha ido nada mal.

Por primera vez se me ocurrió pensar que aquel odioso lenguaje de la falsa humildad podía haber nacido fuera de la familia Heep. Había visto la cosecha, pero nunca había imaginado la semilla.


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