David Copperfield
David Copperfield Aquella noche tuvimos, en Buckingham Street, una conversación muy seria sobre los incidentes domésticos que he detallado en el capítulo anterior. Mi tía se mostró sumamente interesada por lo ocurrido y, cuando terminamos, estuvo andando de un lado a otro de la sala, con los brazos cruzados, más de dos horas. Siempre que se sentía especialmente confundida, realizaba una de aquellas hazañas pedestres; y el alcance de su inquietud podía medirse por la duración de su paseo. En esta ocasión se hallaba tan alterada que juzgó necesario abrir la puerta del dormitorio y recorrer las dos habitaciones en toda su extensión; y, mientras el señor Dick y yo seguíamos sentados en silencio junto a la chimenea, ella iba y venía por aquella pista tan limitada, siempre a la misma velocidad, con la regularidad del péndulo de un reloj.
Cuando el señor Dick se retiró a dormir y mi tía y yo nos quedamos solos, me senté a escribir la carta que pensaba enviar a las dos ancianas señoritas Spenlow. Mi tía se cansó de pasear y tomó asiento junto al fuego, con el vestido remangado, como era su costumbre. Pero, en lugar de colocar el vaso sobre sus rodillas como hacía habitualmente, lo dejó abandonado sobre la repisa de la chimenea; y, apoyando el codo izquierdo en el brazo derecho, y la barbilla en la mano izquierda, me miró con aire pensativo. Cada vez que levantaba la vista, me tropezaba con sus ojos.
