David Copperfield

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XLII Una infamia


Aunque este manuscrito sea sólo para mí, tengo la impresión de que no debería ser yo quien contara cuán duramente trabajé para aprender estenografía y dominar sus terribles entresijos, movido por la conciencia de mi responsabilidad con Dora y sus tías. He hablado ya de mi perseverancia en ese período de mi vida, y de la paciente y continua energía que empezó entonces a madurar en mí, y que constituye sin duda la parte más fuerte de mi carácter (si es que hay alguna fuerza en él). Añadiré solamente que, cuando vuelvo la vista atrás, descubro en esas cualidades la fuente de mis éxitos. He sido muy afortunado en los asuntos materiales; muchos hombres han trabajado más duramente que yo sin conseguir ni la mitad de mis logros; pero yo habría sido incapaz de realizar lo que he realizado sin los hábitos de puntualidad, orden y diligencia, sin la determinación de concentrar en cada momento mis esfuerzos en un solo objeto, aunque hubiera otro a continuación pisándole los talones. Dios sabe que no lo escribo para vanagloriarme. El hombre que pasa revista a su propia vida, como lo hago yo aquí, página tras página, necesita haber sido un santo para no lamentar vivamente las muchas aptitudes ignoradas, oportunidades desperdiciadas, sentimientos imprevisibles y malvados, constantemente en pugna dentro de su pecho y siempre victoriosos. Me atrevo a afirmar que no tengo un solo don natural del que no haya abusado. Lo que quiero decir simplemente es que, siempre que he intentado hacer algo en mi vida, he puesto todo mi empeño en hacerlo bien; que, cuando me he consagrado a algo, lo he hecho en cuerpo y alma; que, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, he trabajado siempre con la mayor seriedad. Nunca he creído posible que una habilidad natural o adquirida pudiera desdeñar la compañía de otras virtudes más humildes como la laboriosidad y la perseverancia. En este mundo no hay nada comparable al deseo de llegar hasta el fondo de las cosas. Es posible que el talento y la oportunidad constituyan los dos largueros de la escalera por la que algunos hombres suben, pero los peldaños deben ser sólidos y resistentes; y nada puede sustituir a una voluntad ardiente y sincera. Ahora me doy cuenta de que mis reglas de oro han sido no hacer nada a medias y no menospreciar ninguna de mis tareas, cualesquiera que fueran.


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