David Copperfield
David Copperfield Habríamos avanzado alrededor de media milla y mi pañuelo estaba empapado en lágrimas, cuando el cochero se paró en seco.
Saqué la cabeza para ver qué pasaba y contemplé con asombro cómo Peggotty salía desde detrás del seto y se encaramaba al carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó con tanta fuerza contra su corsé que me aplastó la nariz, si bien no me percaté hasta más tarde, cuando me di cuenta de lo dolorida que estaba. Peggotty no pronunció ni una sola palabra. Soltando uno de los brazos, lo metió en su faltriquera hasta el codo y sacó unos envoltorios de papel llenos de pasteles, que introdujo en mis bolsillos; también me puso en la mano un monedero, y todo ello sin abrir la boca. Después de estrujarme nuevamente entre sus brazos, se bajó del carro y se alejó corriendo; y siempre he creído que, cuando se separó de mí, no quedaba un solo botón en su vestido. Yo recogí uno de los que habían salido rodando, y lo conservé durante mucho tiempo como un recuerdo muy preciado.
El cochero me miró, como si quisiera preguntarme si ella pensaba volver. Dije que no con la cabeza y añadí que no creía que lo hiciera.
–Entonces, ¡en marcha! –ordenó al holgazán de su caballo, que no dudó en obedecerle.
