David Copperfield
David Copperfield Pero eso no es todo. El señor Micawber está siempre malhumorado. Se ha vuelto un hombre severo. Se ha distanciado de nuestro hijo primogénito y de nuestra hija; no siente el menor orgullo por sus gemelos; y contempla con frialdad al pequeño inocente, aún desconocido para usted, que acaba de incorporarse a nuestro círculo familiar. Sólo con grandes dificultades obtenemos de él los recursos pecuniarios para hacer frente a nuestros gastos, que hemos reducido a la mínima expresión, e incluso nos amenaza con asignarnos una cantidad fija (son sus palabras); y se niega rotundamente a justificar una conducta tan desagradable.
Esto resulta difícil de soportar. Es desgarrador. Si, conociendo mis escasas facultades, usted pudiera aconsejarme el mejor modo de emplearlas en un dilema tan insólito, añadiría una deuda de amistad a las muchas que ya he contraído con usted.
Con el cariño de mis hijos y una sonrisa del afortunadamente inconsciente desconocido, sigo siendo, mi querido señor Copperfield,
Su atribulada
EMMA MICAWBER