David Copperfield
David Copperfield Debe permitÃrseme, una vez más, que me detenga en un perÃodo memorable de mi existencia. Debe permitÃrseme que me aparte a un lado para ver desfilar ante mÃ, en velada procesión, los fantasmas de aquellos dÃas, acompañando mi propia sombra.
Transcurren semanas, meses, estaciones. Parecen poco más que un dÃa de verano o una tarde de invierno. El parque por donde paseo con Dora está ahora en plena floración, es un campo dorado que resplandece; y, de pronto, pequeños montÃculos de brezos invisibles yacen bajo un manto de nieve. En unos instantes, el rÃo que corre a lo largo de nuestro paseo dominical centellea bajo la luz del sol, se agita con el viento invernal, o se cubre de témpanos de hielo a la deriva. Más deprisa de lo que cualquier rÃo fluye hacia el mar, brilla, se ensombrece, y sigue su curso hasta perderse en la lejanÃa.
No cambia nada en casa de las dos ancianas que tanto se asemejan a los pájaros. El reloj hace tictac sobre la chimenea, el barómetro está colgado en el vestÃbulo. El reloj y el barómetro nunca son exactos; pero creemos en ambos, con devoción.
Me he convertido legalmente en un hombre.[88] He alcanzado la dignidad de los veintiún años. Pero es una dignidad que uno no elige libremente. Veamos lo que he conseguido con ella.
