David Copperfield

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XLIV El gobierno de nuestra casa


Me pareció realmente extraño, terminada la luna de miel y de vuelta en sus casas las damas de honor, encontrarme instalado en mi propia casita con Dora; tenía casi la sensación de haberme quedado sin trabajo, por decirlo de algún modo, al recordar mi delicioso empleo de enamorado.

¡Resultaba tan extraordinario tener a Dora siempre a mi lado! Era tan insólito no verme obligado a salir de casa para visitarla, no tener ningún motivo para atormentarme por su causa, no tener que escribirle, no tener que devanarme los sesos para encontrar el modo de hallarme a solas con ella. Algunas veces, al atardecer, cuando levantaba la vista de mi trabajo y la contemplaba sentada frente a mí, me recostaba en el respaldo del sillón y pensaba cuán extraño era que estuviéramos los dos allí, solos, como si fuera lo más natural… que nuestros asuntos no fueran de la incumbencia de nadie… que toda la romántica historia de nuestro noviazgo quedara abandonada en un estante… y que sólo tuviéramos que agradarnos el uno al otro… el uno al otro, durante el resto de nuestra vida.



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