David Copperfield
David Copperfield En cuanto a la lavandera, que empeñó nuestra ropa y luego vino a pedirnos perdón en estado de penitente embriaguez, supongo que es algo que podría haberle pasado varias veces a cualquiera. Al igual que lo del incendio de la chimenea, lo de la bomba de agua parroquial y lo del perjurio del sacristán. Pero me temo que fuimos personalmente desafortunados al contratar a una criada muy aficionada a las bebidas reconfortantes, que aumentó nuestra cuenta de cerveza en la taberna con algunos pedidos tan inexplicables como éstos: «Un cuarto de ron con hierbas (Señora C.)», «medio cuarto de ginebra con clavo (Señora C.)», «un vaso de ron con menta (Señora C.)». Los paréntesis se referían siempre a Dora, que supuestamente había ingerido todas esas bebidas.
Una de nuestras primeras hazañas domésticas fue invitar a cenar a Traddles. Me encontré con él en la ciudad y le pedí que volviera andando conmigo a casa aquella tarde. Aceptó encantado, y yo le envié una nota a Dora, comunicándole nuestra llegada juntos. Hacía muy buen tiempo, y durante el trayecto fuimos hablando de mi felicidad conyugal. Era un tema que a Traddles le emocionaba; decía que el día que supiera que Sophy le esperaba en una casa como la nuestra, su dicha sería completa.