David Copperfield

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XLV El señor Dick cumple las predicciones de mi tía


Hacía ya algún tiempo que no trabajaba con el doctor. Como vivía muy cerca, le veía a menudo; y todos nosotros fuimos a su casa en dos o tres ocasiones para almorzar o tomar el té. El Viejo Soldado residía permanentemente bajo su techo. Seguía siendo la misma de siempre, con aquellas mariposas inmortales flotando en el aire por encima de su sombrero.

Al igual que muchas otras madres que he conocido a lo largo de mi vida, la señora Markleham era mucho más aficionada a las diversiones que su hija. Necesitaba tener continuas distracciones, y, como un viejo y astuto soldado, al seguir sus inclinaciones, fingía sacrificarse por Annie. El deseo del doctor de que su mujer estuviera entretenida resultaba, así, especialmente grato para esta excelente madre, que aprobaba incondicionalmente su buen juicio.

Estoy seguro de que, sin saberlo, la señora Markleham ponía el dedo en la llaga del doctor. Al elogiarle tanto por querer aligerar el peso de la vida de Annie (y sin que hubiera en sus palabras más que cierto egoísmo y frivolidad, no siempre inseparables de la edad madura), no hacía sino confirmar sus temores de que él era un obstáculo para la joven, y de que sus caracteres no podían congeniar.


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