David Copperfield

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–Según nuestros cálculos –prosiguió–, del señorito Davy y míos, no sería extraño que algún día regresara sola a Londres. Estamos convencidos (el señorito Davy, yo y todos los demás) de que usted es tan inocente de su desgracia como un recién nacido. Nos ha dicho que ella se mostró amable, dulce y cariñosa con usted. ¡Que Dios la bendiga! ¡Ya lo sabía! Siempre lo era, con todos. Usted le está agradecida y la quiere. ¡Ayúdenos a encontrarla y que el Cielo la recompense!

Martha le dirigió una rápida mirada, y por primera vez, como si dudara de sus palabras.

–¿Y confiará en mí? –inquirió la joven, con la voz ahogada por la sorpresa.

–¡Plenamente! –contestó el señor Peggotty.

–¿Para que hable con ella, si alguna vez la encuentro; y le ofrezca asilo, si tengo alguno que compartir; y vaya a buscarle, sin que ella se entere, para llevarle a su lado? –se apresuró a preguntar.

–¡Sí! –respondimos los dos.


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