David Copperfield
David Copperfield Para ser fiel a la promesa que me he hecho a mà mismo de reflejar en este escrito mi alma, vuelvo a examinarla cuidadosamente y saco a la luz sus secretos. Lo que echaba en falta era algo que yo seguÃa considerando –y siempre consideré– un sueño de mi fantasÃa juvenil; un sueño que, no sin dolor, ahora descubrÃa irrealizable, como les sucede al resto de los hombres. Pero era consciente de que habrÃa sido mejor para mà que mi mujer me hubiera ayudado un poco más, y hubiese compartido conmigo los innumerables pensamientos que guardaba en mi interior; y esto habrÃa podido ser asÃ, lo sabÃa.
Yo me balanceaba, curiosamente, entre estas dos conclusiones irreconciliables: que lo que sentÃa era general e inevitable, pero que existÃa algo que sólo me incumbÃa a mà y que habrÃa podido ser diferente; y era incapaz de percibir con claridad que ambas se contradecÃan. Cuando pensaba en los etéreos sueños de mi juventud, que ahora sabÃa irrealizables, recordaba los años felices de la adolescencia que, desgraciadamente, habÃa dejado atrás; y los maravillosos dÃas pasados con Agnes en la vieja y querida casa surgÃan ante mà al igual que fantasmas, que tal vez podrÃan renacer en otro mundo, pero que nunca revivirÃan en éste.