David Copperfield
David Copperfield Una mañana recibí por correo la siguiente carta, fechada en Canterbury y dirigida a los Doctors’ Commons. La leí con cierta sorpresa:
Mi querido señor:
Determinadas circunstancias ajenas a mi voluntad han interrumpido durante un lapso de tiempo considerable aquella intimidad que, en los escasos momentos libres que me deja el cumplimiento de mis deberes profesionales para contemplar las escenas y los acontecimientos del pasado, teñidos por las tonalidades irisadas del recuerdo, siempre me ha proporcionado, y seguirá proporcionándome, unas emociones muy gratas que me resulta difícil describir. Este hecho, mi querido señor, unido a la distinguida posición a la que le ha elevado su talento, me impiden atreverme a aspirar al honor de dirigirme al compañero de mi juventud con el apelativo familiar de Copperfield. Bastará decir que el apellido al que tengo el honor de referirme será guardado como un tesoro entre los archivos de nuestra casa (hablo de los documentos que conserva la señora Micawber sobre nuestros antiguos inquilinos), con unos sentimientos de estima personal que llegan hasta el más profundo cariño.
