David Copperfield
David Copperfield –No, Copperfield… no hablaré con nadie… hasta… que… la señorita Wickfield… vea reparados los agravios que le ha infligido ese sinvergüenza redomado de… ¡HEEP! –estoy convencido de que habrÃa sido incapaz de pronunciar tres palabras seguidas sin la increÃble energÃa que le infundÃa este nombre cuando lo sentÃa llegar–. Un secreto inviolable… para todo el mundo… sin excepción… dentro de una semana… a la hora del desayuno… todos los presentes… incluida la tÃa… y… el caballero extraordinariamente cordial… en el hotel de Canterbury… donde… la señora Micawber y yo… entonamos el Auld Lang Syne… y… yo desenmascararé a ese intolerable rufián de… ¡HEEP! No diré nada más… ni escucharé la opinión de nadie… Me marcharé ahora mismo… no soporto… la compañÃa de mis semejantes… Seguiré el rastro… de ese condenado traidor de… ¡HEEP!
Después de repetir, por última vez y con más Ãmpetu que nunca, la palabra mágica que le habÃa dado fuerzas para seguir adelante, el señor Micawber se apresuró a salir de la casa, dejándonos en un estado de excitación, esperanza y asombro casi tan grande como el suyo. Pero, incluso en un momento asÃ, fue incapaz de resistirse a su pasión por escribir cartas; pues seguÃamos en el cenit de nuestra excitación, esperanza y asombro cuando me trajeron desde una taberna cercana la siguiente misiva bucólica que acababa de redactar: