David Copperfield
David Copperfield Habían transcurrido algunos meses desde nuestra entrevista con Martha a orillas del río. Yo no la había vuelto a ver, pero ella se había comunicado con el señor Peggotty en varias ocasiones. Su abnegada intervención no había servido de nada; y tampoco podía deducir, por las palabras de mi amigo, que existiera alguna pista sobre la suerte de Emily. Confieso que empezaba a perder la esperanza de hallarla, y que cada vez estaba más convencido de que había muerto.
La confianza del señor Peggotty seguía inalterable. Por lo que yo sé –y creo que su honrado corazón no tenía secretos para mí–, jamás volvió a abrigar la menor duda de que la encontraría. Su paciencia era inagotable. Y, aunque yo temblaba al pensar lo terrible que sería su sufrimiento si algún día esa fuerte convicción le fuera arrebatada de golpe, había algo tan religioso en ella, y resultaba tan conmovedor sentir que estaba anclada en las profundidades más puras de su noble corazón, que el respeto y la veneración que él me inspiraba aumentaban de día en día.
