David Copperfield
David Copperfield Era todavÃa muy temprano, al dÃa siguiente, cuando, mientras paseaba por el jardÃn con mi tÃa (que apenas hacÃa otro ejercicio, pues estaba siempre cuidando a mi querida Dora), me anunciaron que el señor Peggotty querÃa hablar conmigo. Vino a mi encuentro en el jardÃn, al ver que yo me dirigÃa a la entrada; y se quitó el sombrero, tal como era su costumbre siempre que advertÃa la presencia de mi tÃa, por la que sentÃa un gran respeto. Yo acababa de contarle a ella lo ocurrido la noche anterior. Sin pronunciar una sola palabra, se acercó a mi amigo con gesto cordial, estrechó su mano y le dio unas palmaditas cariñosas en el brazo. Todos sus ademanes fueron tan expresivos que no tuvo necesidad de decir una palabra. El señor Peggotty la comprendió tan bien como si hubiera pronunciado un millar.
–Ahora entraré en casa, Trot –dijo mi tÃa–, y me ocuparé de nuestra Pequeña Flor, que no tardará en levantarse.
–Espero que no se vaya por mi culpa, señora –exclamó el señor Peggotty–. Si estoy en mis cabales esta mañana, creo que se marcha porque he llegado yo.
–Seguro que tiene algo que contarle a mi sobrino, querido amigo –respondió ella–, y lo hará mejor sin mÃ.
