David Copperfield

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–Es un asunto al que he dado muchas vueltas, se lo aseguro –replicó el señor Peggotty, con una mirada perpleja que fue aclarándose a medida que hablaba–. Verá, cuando la señora Gummidge se acuerda de su viejo no puede decirse que sea una compañía agradable. Entre usted y yo, señorito Davy (y usted también, señora), cuando a la señora Gummidge le da por lloriquear, los que no conocieron a su marido, la encuentran bastante irritable. Yo la comprendo porque sí le conocí –añadió–, y sé lo que valía; pero, como es natural, a los demás no les ocurre lo mismo.

Mi tía y yo asentimos.

–Es posible que mi hermana –prosiguió el señor Peggotty–, y digo que es posible, no que sea cierto, encontrara de vez en cuando a la señora Gummidge un poco molesta. Por ese motivo, no es mi intención dejarla con ella y con Ham, sino buscarle un hogar donde no le falte de nada. De modo que le asignaré una pensión, antes de marcharme, para que viva con desahogo. No hay ninguna mujer tan leal como ella. No podemos pedirle que, a su edad, sola y desamparada, la pobre anciana tenga que surcar los mares y atravesar bosques y desiertos de un país nuevo y muy lejano. Así, pues, eso es lo que haré con ella.

No se olvidaba de nadie. Pensaba en las necesidades y en el bienestar de todos, excepto en los suyos.


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