David Copperfield

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LII Soy testigo de una erupción


Veinticuatro horas antes de la cita misteriosa del señor Micawber, mi tía y yo deliberamos sobre el mejor modo de actuar; pues ella se mostraba reacia a separarse de Dora. ¡Ay, con qué facilidad la subía y la bajaba ahora por las escaleras!

A pesar de que el señor Micawber había estipulado que mi tía estuviera presente, consideramos preferible que ella se quedara en casa y que el señor Dick y yo la representáramos. En pocas palabras, habíamos tomado esa decisión cuando Dora desbarató nuestros planes declarando que jamás se perdonaría a sí misma, y jamás perdonaría a su malvado muchacho, si mi tía se quedaba con ella, con el pretexto que fuese.

–No pienso dirigirle la palabra –dijo Dora a mi tía, sacudiendo sus rizos–. ¡Seré muy desagradable! Haré que Jip le ladre durante todo el día. Si no va con ellos, sabré con seguridad que es una «vieja gruñona».

–¡Calla, Pequeña Flor! –se rió mi tía–. ¡Ya sabes que no puedes vivir sin mí!

–Claro que puedo –repuso Dora–. No la necesito para nada. No se pasa el día subiendo y bajando las escaleras por mí. Nunca se sienta y me cuenta historias de Doady, cuando llegó cubierto de polvo y con los zapatos destrozados, ¡pobrecito mío! Nunca hace nada para agradarme, ¿verdad, querida?


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