David Copperfield
David Copperfield Veinticuatro horas antes de la cita misteriosa del señor Micawber, mi tÃa y yo deliberamos sobre el mejor modo de actuar; pues ella se mostraba reacia a separarse de Dora. ¡Ay, con qué facilidad la subÃa y la bajaba ahora por las escaleras!
A pesar de que el señor Micawber habÃa estipulado que mi tÃa estuviera presente, consideramos preferible que ella se quedara en casa y que el señor Dick y yo la representáramos. En pocas palabras, habÃamos tomado esa decisión cuando Dora desbarató nuestros planes declarando que jamás se perdonarÃa a sà misma, y jamás perdonarÃa a su malvado muchacho, si mi tÃa se quedaba con ella, con el pretexto que fuese.
–No pienso dirigirle la palabra –dijo Dora a mi tÃa, sacudiendo sus rizos–. ¡Seré muy desagradable! Haré que Jip le ladre durante todo el dÃa. Si no va con ellos, sabré con seguridad que es una «vieja gruñona».
–¡Calla, Pequeña Flor! –se rió mi tÃa–. ¡Ya sabes que no puedes vivir sin mÃ!
–Claro que puedo –repuso Dora–. No la necesito para nada. No se pasa el dÃa subiendo y bajando las escaleras por mÃ. Nunca se sienta y me cuenta historias de Doady, cuando llegó cubierto de polvo y con los zapatos destrozados, ¡pobrecito mÃo! Nunca hace nada para agradarme, ¿verdad, querida?
