David Copperfield

David Copperfield

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Después de rascarse la parte inferior de la cara y de mirarnos con aquellos malvados ojos, por encima de sus horripilantes dedos, se dirigió una vez más a mí, en un tono medio quejumbroso, medio insultante:

–¿Acaso le parece justificado, Copperfield, usted que tanto se enorgullece de su honor y esa clase de cosas, meter la nariz en mis asuntos y espiarme con la ayuda de mi empleado? Si hubiera sido yo, no tendría nada de extraño, pues no presumo de caballero (aunque jamás he vagabundeado por las calles, como hacía usted, según Micawber), ¡pero tratándose de usted! ¿Y no le da miedo actuar así? ¿No se le ha ocurrido pensar en lo que yo haría a cambio, ni en el lío en que se metería si le acusara de conspiración, etc.? Muy bien. ¡Ya veremos! Señor Cómo-se-llame, iba usted a preguntarle algo a Micawber. Ahí tiene a su árbitro. ¿Por qué no le pide que hable? Ha aprendido bien su lección, por lo visto.

Al ver que sus palabras no producían el menor efecto en mí, ni en ninguno de nosotros, Uriah se sentó en el borde de la mesa, con las manos en los bolsillos y uno de sus pies planos enroscado en la otra pierna, esperando malhumorado lo que pudiera pasar.


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