David Copperfield

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El señor Micawber saboreó de nuevo aquel solemne amontonamiento de palabras que, por muy cómico que resultara en su caso, no era privativo de él. A lo largo de mi vida, he observado esa costumbre en muchos hombres. Tengo la impresión de que es una regla general. Al prestar juramento ante la ley, por ejemplo, los declarantes parecen disfrutar enormemente cuando llegan a una ristra de palabras altisonantes que expresan la misma idea; como cuando afirman detestar, abominar, abjurar, etc… Y los viejos anatemas se basaron en el mismo principio. Hablamos de la tiranía de las palabras, pero también nos agrada tiranizarlas a ellas; nos gusta tener un ejército de términos superfluos a nuestras órdenes para las grandes ocasiones; pensamos que causan una excelente impresión y suenan bien. Al igual que en los momentos ceremoniosos somos poco exigentes con el significado de las libreas, si son lo bastante elegantes y numerosas, el sentido o la necesidad de nuestras palabras nos parece secundario si podemos organizar un bonito desfile con ellas. Y al igual que algunas personas se ven en un aprieto por lucir libreas demasiado ostentosas, o que los esclavos se sublevan contra sus amos cuando son demasiado numerosos, creo conocer una nación que con frecuencia ha conocido grandes dificultades, y volverá a conocer otras aún mayores, por empeñarse en mantener un séquito demasiado grande de vocablos.


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