David Copperfield

David Copperfield

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La señora Heep llevaba unos minutos pidiendo a voces a su hijo que fuera «humilde»; y se había arrodillado sucesivamente ante todos nosotros, con las promesas más disparatadas. Uriah la obligó a sentarse en la silla, malhumorado; y, quedándose en pie a su lado, con la mano apoyada en el brazo de ella, exclamó con mirada feroz:

–¿Qué piensan hacer?

–Le diré lo que se debe hacer –repuso Traddles.

–¿Acaso Copperfield no tiene lengua? –murmuró Uriah–. Haría cualquier cosa por usted si pudiera decirme, sin mentir, que alguien se la había cortado.

–Mi Uriah intenta ser humilde –sollozó su madre–. ¡No hagan caso de sus palabras, bondadosos caballeros!

–Lo que se debe hacer es lo siguiente –dijo Traddles–: En primer lugar, entregarme aquí y ahora el acta de renuncia que el señor Micawber ha mencionado.

–¿Y si no la tuviese? –interrumpió.

–Pero sí la tiene –exclamó Traddles–; así que olvidemos esa suposición.

He de reconocer que fue ésta la primera vez que hice justicia a la viva inteligencia y al buen criterio, sencillo, paciente y práctico de mi viejo compañero de internado.


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