David Copperfield
David Copperfield Debo detenerme una vez más. Oh, mi mujer-niña, hay entre la muchedumbre que veo desfilar ante mÃ, en medio de mis recuerdos, una figura serena y tranquila que me dice con su amor inocente y su belleza infantil: «¡Párate a pensar en mÃ! ¡Vuélvete a mirar a tu Pequeña Flor, mientras sus pétalos caen revoloteando al suelo!».
Y yo la obedezco. Todo lo demás parece borrarse y desaparece. Estoy de nuevo con Dora, en nuestra casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado hasta tal punto a ese sufrimiento que soy incapaz de calcular los dÃas. En realidad no han pasado muchas semanas ni muchos meses, pero, para mÃ, es como si hubieran transcurrido siglos.
Han dejado de decirme: «Espere unos dÃas más». Temo, en lo más profundo de mi alma, que no vuelva a amanecer el dÃa en que mi mujer-niña corra bajo el sol con su viejo amigo Jip.
Éste parece haberse convertido súbitamente en un anciano. Es posible que eche de menos en su ama algo que lo animaba y rejuvenecÃa; pero anda alicaÃdo, ve mal y las patas le flaquean. Y mi tÃa lamenta que haya dejado de ladrarle, y que se arrastre hasta ella para lamerle mansamente la mano cuando está echado en la cama de Dora y ella se sienta en la cabecera.
