David Copperfield
David Copperfield No es el momento de describir mi estado de ánimo bajo el peso de tanto sufrimiento. Llegué a pensar que el futuro se había cerrado ante mí, que mi energía y mi actividad se habían agotado para siempre, que sólo podría encontrar refugio en la tumba. Y digo que llegué a pensarlo, pero no que ocurriera inmediatamente después de recibir tan doloroso golpe. Es algo que fue apoderándose de mí poco a poco. Si los acontecimientos que ahora voy a relatar no se hubieran amontonado en torno a mí, en un principio para paliar y después para aumentar mi tristeza, es posible (aunque no me parezca probable) que hubiera caído en seguida en ese estado. Pero lo cierto es que transcurrió un intervalo de tiempo antes de que fuera plenamente consciente de mi desgracia; un intervalo durante el que incluso imaginé que lo peor había pasado, y en el que mi alma encontró consuelo rememorando toda la inocencia y la belleza de la tierna historia que había finalizado para siempre.
No recuerdo con claridad, ni siquiera ahora, cuándo me propusieron por primera vez que partiera al extranjero, ni cómo decidimos que debía viajar y cambiar de ambiente para recuperar el sosiego. En aquellos días de duelo, el espíritu de Agnes impregnaba de tal modo nuestros pensamientos, palabras y obras que supongo que puedo atribuir ese proyecto a su influencia. Pero ésta era tan discreta que no puedo afirmarlo con certeza.
