David Copperfield

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–¡No, Micawber! –protestó la señora Micawber, moviendo la cabeza–. Tú nunca los has comprendido a ellos, y ellos nunca te han comprendido a ti.

El señor Micawber carraspeó.

–Ellos nunca te han comprendido, Micawber –repitió su mujer–. Es posible que sean incapaces. Si es así, ésa es su desgracia. No puedo sino compadecerlos.

–Lamento enormemente, mi querida Emma –dijo el señor Micawber, ablandándose–, haberme dejado arrastrar por la pasión y haber empleado unas expresiones que podrían parecer, siquiera remotamente, ofensivas. Quería simplemente decir que puedo marcharme al extranjero sin que tu familia dé un paso al frente para apoyarme… en una palabra, con un frío empujón de despedida; y que, en general, preferiría abandonar Inglaterra con el ímpetu que yo poseo, que tener que agradecerles algún tipo de aceleración. Al mismo tiempo, querida, si ellos se dignaran responder a tus escritos –algo que nuestra experiencia en común vuelve muy improbable–, ¡nada más lejos de mi ánimo que convertirme en un obstáculo a tus deseos!

Arreglado, de ese modo, amigablemente el asunto, el señor Micawber ofreció su brazo a la señora Micawber y, echando una ojeada al montón de libros y documentos que Traddles tenía delante encima de la mesa, anunció que nos dejarían a solas, lo que hicieron con gran ceremonia.


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