David Copperfield
David Copperfield No había necesidad, ¡oh Steerforth!, de que me dijeras, la última vez que estuvimos juntos, en aquel momento que yo estaba tan lejos de imaginar que fuera el de nuestra despedida… no había necesidad de que me dijeras: «¡Recuerda lo mejor de mí!». Siempre lo había hecho; y ante aquella visión, ¿cómo podía cambiar ahora?
Trajeron unas parihuelas y lo colocaron encima, cubrieron su cuerpo con una bandera y lo llevaron hacia las casas. Todos los hombres que lo transportaban lo habían conocido; habían salido a la mar con él y lo habían visto alegre y animoso. Lo llevaron a través del fragor de la tempestad, un islote de silencio en medio de aquel estruendo; y lo condujeron hasta la cabaña donde ya se encontraba la Muerte.
Pero cuando dejaron las parihuelas en el suelo, al llegar al umbral, se miraron los unos a los otros, me miraron y cuchichearon entre sí. Yo sabía por qué. No les parecía correcto que descansara en la misma habitación silenciosa.
