David Copperfield
David Copperfield –Lo que más deseo, mi querido señor Copperfield –afirmó la señora Micawber–, es que alguna rama de nuestra familia pueda vivir de nuevo en nuestra vieja patria. ¡No frunzas el ceño, Micawber! No hablo de mi propia familia, sino de los hijos de nuestros hijos. Por muy vigoroso que sea el retoño –añadió la señora Micawber, moviendo la cabeza–, no puedo olvidar el árbol que le dio la vida; y, cuando nuestra estirpe consiga eminencia y fortuna, reconozco que me gustarÃa que sus riquezas fluyeran hacia los cofres de Britania.
–Querida –exclamó el señor Micawber–, ¡que Britania se las arregle sola! He de decir que, como ella nunca ha hecho gran cosa por mÃ, no tengo ningún deseo especial al respecto.
–Micawber –respondió su mujer–, ¡te equivocas! Estás a punto de partir, Micawber, hacia un paÃs lejano para fortalecer, no para debilitar, el vÃnculo que existe entre tú y Albión.
–Ese vÃnculo del que hablas, mi amor –dijo el señor Micawber–, no me ha colocado, repito, bajo el peso de ninguna obligación; y no veo por qué he de crear uno nuevo.
–Micawber –repuso la señora Micawber–, ¡te equivocas una vez más! Desconoces tus facultades, Micawber. Y son ellas las que fortalecerán, incluso en este paso que estás a punto de dar, el vÃnculo que te une a Albión.