David Copperfield
David Copperfield Si mi dolor era egoísta, no me daba cuenta. Lloraba la muerte de mi mujer-niña, arrancada tan joven de su mundo en flor. Lloraba la muerte de aquel que habría podido ganar el amor y la admiración de miles de personas, al igual que había ganado los míos mucho tiempo atrás. Lloraba la muerte de aquel corazón destrozado que había encontrado la paz en un mar tempestuoso. Y lloraba los restos desperdigados del sencillo hogar, donde había oído silbar el viento nocturno cuando era niño.
Perdí la esperanza de salir algún día de la tristeza que se había acumulado en mí. Vagaba de un sitio a otro, llevando mi fardo a todas partes. Sentía todo su peso; me doblegaba ante él, y mi corazón sabía que jamás se vería aligerado.
Cuando mi abatimiento no pudo ser mayor, creí que no sobreviviría. Unas veces pensaba que me gustaría morir en Inglaterra, e incluso emprendía el camino de vuelta para llegar en seguida. Otras, me alejaba aún más, de ciudad en ciudad, buscando e intentando dejar atrás algo que no sé lo que era.