David Copperfield
David Copperfield Desembarqué en Londres un frÃo anochecer de otoño. Reinaba la oscuridad y llovÃa, y en unos momentos pude ver más niebla y más barro que en todo un año. Tuve que andar desde la Aduana[120] hasta el Monumento para encontrar un carruaje; y, a pesar de que las fachadas de las casas que dominaban las cunetas encharcadas eran viejas amigas mÃas, hube de admitir que eran unas amigas muy deslucidas.
He observado a menudo (y supongo que a todo el mundo le habrá ocurrido lo mismo) que el hecho de alejarse de un entorno familiar parece ser la señal para que éste cambie. Cuando vi por la ventanilla del coche que un antiguo caserón de Fish Street Hill –en el que ni pintores, ni carpinteros, ni albañiles habÃan puesto sus manos durante un siglo– habÃa sido demolido en mi ausencia, y que una calle cercana, cuya insalubridad e incomodidad eran proverbiales, era ensanchada mientras realizaban su alcantarillado, me pregunté si no encontrarÃa más envejecida la catedral de Saint Paul.
Estaba preparado para algunos cambios en la vida de mis amigos. Mi tÃa llevaba mucho tiempo instalada en su casa de Dover, y Traddles habÃa empezado a trabajar como abogado poco tiempo después de mi marcha. Se alojaba en Gray’s Inn,[121] y me habÃa contado, en sus últimas cartas, que tenÃa esperanzas de unirse en breve a la muchacha más adorable del mundo.
