David Copperfield
David Copperfield Mientras seguÃa con la vista al jefe de camareros, no pude dejar de pensar que el jardÃn donde habÃa crecido poco a poco, hasta convertirse en la flor que yo veÃa, era un lugar muy ingrato donde prosperar. HabÃa algo tan rutinario, rÃgido, tradicional, solemne y venerable en él. Recorrà con los ojos la sala, cuyo suelo sin duda se habÃa enarenado exactamente igual que cuando el camarero era niño (si es que lo habÃa sido alguna vez, cosa que parecÃa improbable); y contemplé las mesas relucientes, donde me vi reflejado en las lisas profundidades de la vieja caoba; y las lámparas, sin la menor tacha en su limpieza o en su cuidado; y las gruesas cortinas verdes, que, con sus varillas de latón, cerraban cómodamente los reservados; y las dos chimeneas en las que ardÃan grandes fogatas de carbón; y las filas de majestuosas licoreras, que parecÃan saber que en la bodega habÃa barricas de carÃsimo vino de oporto; y pensé que tanto Inglaterra como el cuerpo de abogados debÃan de ser muy difÃciles de tomar por asalto. Subà a mi dormitorio para quitarme la ropa húmeda; y la vasta extensión de aquel viejo cuarto recubierto con paneles de madera (que estaba sobre el arco de entrada, lo recuerdo bien), la serena inmensidad de la cama de cuatro columnas, y la indómita gravedad de la cómoda, parecÃan conjurarse contra el destino de Traddles o de otros jóvenes temerarios como él. Bajé de nuevo para cenar; e incluso la agradable lentitud del servicio y la silenciosa tranquilidad del lugar –vacÃo de clientes, pues aún no habÃan terminado las vacaciones estivales– hablaban con elocuencia de la audacia de mi amigo, y de sus pocas esperanzas de ganarse la vida antes de que transcurrieran veinte años.