David Copperfield
David Copperfield Estaba preguntándome si habría logrado de veras disciplinar mi corazón, y si sería capaz de ocupar serenamente en el hogar de Agnes el lugar que ella había ocupado serenamente en el mío, cuando mis ojos se tropezaron con un rostro que habría podido salir del fuego, tan intensa era su asociación con mis primeros recuerdos.
El menudo doctor Chillip, con quien me hallaba en deuda por sus buenos oficios en el primer capítulo de este relato, leía un periódico en la penumbra, en el rincón opuesto de la chimenea. Se advertía en él el paso de los años; pero era un hombrecillo tan pacífico, dulce y sereno que apenas había envejecido, y tuve la sensación de que estaba igual que cuando esperaba en nuestro gabinete mi nacimiento.
El señor Chillip se había marchado de Blunderstone seis o siete años antes, y no había vuelto a verlo desde entonces. Leía plácidamente el periódico, con su pequeña cabeza ladeada y un vaso de jerez caliente[124] al lado. Sus modales seguían siendo tan conciliadores que parecía pedir disculpas al periódico por tomarse la libertad de leerlo.
Me acerqué a él y le dije:
–¿Cómo está, señor Chillip?
Pareció intimidarle que un desconocido se dirigiera a él de un modo tan inesperado y respondió, con su lentitud habitual: