David Copperfield
David Copperfield Cuando nos quedamos a solas, mi tía y yo seguimos conversando hasta muy avanzada la noche. Hablamos de las cartas de los emigrantes, que siempre eran alegres y esperanzadoras; del señor Micawber, que había enviado pequeñas sumas de dinero, a cuenta de aquellas «deudas pecuniarias» que con tanta seriedad había negociado «de hombre a hombre»; de Janet, que había vuelto a entrar al servicio de mi tía cuando ésta regresó a Dover, y que posteriormente había puesto punto final a su renuncia a los hombres, contrayendo matrimonio con un próspero tabernero; y de mi tía, que finalmente había condenado para siempre ese gran principio, apoyando y ayudando a la novia y coronando con su presencia la ceremonia; todos ellos eran asuntos con los que yo estaba más o menos familiarizado, gracias a sus cartas. Como era de esperar, no nos olvidamos del señor Dick. Mi tía me dijo que pasaba el tiempo copiando cuanto caía en sus manos, tarea ficticia que le permitía mantener al rey Carlos I a respetuosa distancia; y que una de las grandes alegrías y recompensas de su vida era ver al señor Dick dichoso y libre, en lugar de languideciendo en un aburrido encierro; y que ella era la única que sabía cuánto valía su amigo (como si ésta fuera una conclusión nueva).
