David Copperfield

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Después de la conversación que sostuvieron aquellos caballeros, iniciamos nuestra visita. Cualquiera habría deducido, al escucharlos, que no existía nada más importante en el ancho mundo que el bienestar supremo de los presos, por muy costoso que fuera, ni nada que realizar fuera de las rejas de una prisión. Como era la hora del almuerzo, nos dirigimos en primer lugar a la enorme cocina, donde en aquellos momentos servían por separado la comida de los prisioneros (a fin de llevarla a sus celdas), con la regularidad y la precisión de un reloj. Comenté a Traddles en voz baja cuánto me extrañaba que nadie hubiera pensado en el sorprendente contraste entre aquellas raciones abundantes y cuidadas y las de, no diré de los pobres, pero sí de los soldados, marineros y campesinos, así como de la gran masa de hombres y mujeres que trabajaban honradamente; de los cuales sólo uno entre quinientos habría comido alguna vez la mitad de bien que aquellos presos. Pero me enteré de que «el sistema» requería una buena alimentación; y, para terminar con el famoso sistema de una vez por todas, diré que, tanto en este asunto como en los demás, «el sistema» ponía fin a todas las dudas y resolvía cualquier anomalía. Nadie parecía siquiera sospechar que pudiera tenerse en cuenta otro sistema que no fuera el sistema.



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