David Copperfield
David Copperfield Cuando llegó la Navidad, llevaba más de dos meses en casa. Había visto a Agnes a menudo. Por muchas alabanzas que me dedicara el público, y por grande que fuera el placer y la emoción que esto suscitaba en mí, el más pequeño elogio salido de su boca me parecía infinitamente más valioso.
Al menos una vez a la semana, y en ocasiones con mayor frecuencia, me dirigía a Canterbury para pasar la velada. Normalmente regresaba a casa por la noche, pues el viejo sentimiento de dolor se cernía siempre sobre mí (especialmente cuando me separaba de Agnes), y prefería estar al aire libre, en vez de dejar que el pasado me atormentara en mis largas vigilias o en mis angustiados sueños. Por ese motivo, pasaba a caballo la mayor parte de aquellas numerosas y tristes noches de invierno; reviviendo, durante el trayecto, los pensamientos que tanto me habían obsesionado en mi larga ausencia.
