David Copperfield
David Copperfield No tardó en aparecer y en detenerse en el oscuro umbral un anciano corpulento y de pelo gris. La pequeña Agnes, atraÃda por su aire bondadoso, corrió hacia él para animarle a entrar; y yo no habÃa visto aún con claridad su rostro cuando mi mujer, poniéndose en pie de un salto, gritó con voz alegre y agitada ¡que se trataba del señor Peggotty!
Era él, en efecto. Un anciano, pero todavÃa un hombre sano y vigoroso. Pasados los primeros momentos de emoción, se sentó junto al fuego con los niños sobre sus rodillas y el reflejo de las llamas en su rostro; y me pareció el anciano más fuerte y robusto, además de apuesto, que habÃa visto jamás.

Un desconocido viene a visitarme
–Señorito Davy –dijo (¡y qué familiar me resultó aquel viejo nombre pronunciado de aquel modo!)–. Señorito Davy ¡Me siento tan dichoso de verlo una vez más con su querida y fiel esposa! ¡Qué dÃa tan feliz!
–¡En efecto, viejo amigo! –exclamé.
–Y todos estos preciosos pequeños –prosiguió el señor Peggotty–. ¡Parecen pimpollos! ¡No era usted más alto que el más pequeño de ellos, señorito Davy, la primera vez que le vi! ¡Y Emily era de su misma estatura, y nuestro pobre muchacho no era más que un chiquillo!