David Copperfield
David Copperfield Las clases empezaron en serio al dÃa siguiente. Recuerdo lo profundamente que me impresionó el silencio sepulcral que reinó en el aula cuando el señor Creakle hizo su aparición, después del desayuno. El alboroto de los muchachos cesó de forma repentina, mientras él nos contemplaba desde el umbral de la puerta, como uno de esos gigantes que, en los libros de cuentos, pasan revista a sus cautivos.
Tungay estaba al lado del señor Creakle. Pensé que no tenÃa ningún motivo para gritar con tanta ferocidad: «¡Silencio!». Pues todos los alumnos se habÃan quedado mudos y petrificados.
Vimos cómo el señor Creakle movÃa los labios y oÃmos a Tungay decir lo siguiente:
–Estamos, jóvenes, en el inicio de un nuevo semestre. Mucho cuidado con lo que hacen en él. Les aconsejo que trabajen con todo su ardor, pues pueden estar seguros de que yo pondré todo el mÃo en castigarles. No desfalleceré. Por mucho que froten su piel, no lograrán quitarse las marcas de mis golpes. Asà que ahora ¡todos a trabajar!
