David Copperfield

David Copperfield

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Me veo de nuevo ante mi pupitre, en una somnolienta tarde veraniega. Un zumbido crece a mi alrededor, como si los muchachos fueran moscardones. Siento una sensación de pesadez en el estómago (hemos comido carne hace una hora o dos y yo sigo sin digerir su grasa) y mi cabeza parece llena de plomo. Daría cualquier cosa por irme a dormir. No dejo de mirar al señor Creakle, parpadeando como una joven lechuza; el sueño se apodera de mí por unos instantes, pero sigo viendo su imagen, mientras traza rayas en los cuadernos de aritmética, hasta que se coloca sin hacer ruido detrás de mí y me ayuda a tener una percepción más clara de su existencia dejándome una marca roja en la espalda.

Estoy en el patio de recreo y, aunque no veo al señor Creakle, mis ojos siguen fascinados por él. La ventana, a escasa distancia de donde él almuerza, se convierte en su representación y no puedo quitarle los ojos de encima. Si el señor Creakle acerca su rostro a ella, mi expresión se torna sumisa e implorante. Si nos mira a través del cristal, hasta el alumno más atrevido (con excepción de Steerforth) corta en seco el grito o alarido que está dando y adopta una actitud pensativa. Un día, Traddles (el muchacho más infortunado del mundo) rompe casualmente esa ventana con una pelota. Aún hoy me estremezco al recordar la terrible impresión que aquello me produjo, y la sensación de que el balón había rebotado en la sagrada cabeza del señor Creakle.


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