David Copperfield

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XI Empiezo a vivir por mi cuenta, y no me gusta


Conozco ya lo suficiente el mundo para haber casi perdido la capacidad de sorprenderme demasiado por algo; pero sigo aún sin comprender con qué facilidad me abandonaron a tan corta edad. Me cuesta creer que nadie intercediera por un niño inteligente, observador, perspicaz, apasionado, vulnerable y sensible. Sin embargo, así fue; y a los diez años me convertí en el último peón al servicio de Murdstone y Grinby.

Los almacenes estaban situados a orillas del Támesis, en Blackfriars. Recientes reformas han transformado el lugar; pero entonces era la última casa de una torcida callejuela que descendía hasta el río, con unos escalones al final, que servían de embarcadero. Era un edificio viejo y destartalado que tenía su propio muelle, próximo al agua cuando la marea era alta y al fango cuando era baja, y literalmente invadido por las ratas. Sus habitaciones, recubiertas con paneles de madera y descoloridas por el humo y por la suciedad de más de un siglo; las escaleras y los entarimados podridos; los chillidos y las peleas de las viejas ratas grises en la bodega; y la falta de limpieza y la podredumbre del lugar, continúan presentes en mi imaginación, del mismo modo que si, en vez de pertenecer al pasado, estuvieran en este instante ante mis ojos. Y aparecen ante mí, como en aquella hora aciaga en que entré allí por primera vez y le di una mano temblorosa al señor Quinion.


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