David Copperfield

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El señor Micawber tenía algunos libros en una pequeña alacena que él denominaba su biblioteca, y empezamos por ellos. Los llevé, uno tras otro, a un pequeño puesto que había en City Road (la parte más cercana a nuestro domicilio estaba llena de puestos de pájaros y de libros) y los vendí por lo que su dueño quiso darme. Este librero, que vivía en una casita detrás del puesto, solía emborracharse por las noches y recibir una violenta reprimenda de su mujer por las mañanas. En más de una ocasión, cuando yo iba muy temprano, me recibía en una cama plegable con un corte en la frente o un ojo morado, que atestiguaban sus excesos nocturnos (me temo que, cuando bebía, se volvía muy pendenciero); y buscaba los chelines que debía pagarme con mano temblorosa en los bolsillos de su ropa, que estaba tirada en el suelo, mientras su mujer, mal vestida y con un bebé en los brazos, le reñía sin cesar. A veces había perdido el dinero, y entonces me pedía que volviera más tarde; pero su mujer siempre tenía alguna moneda –tal vez se las quitara a él cuando estaba borracho– y salía conmigo a las escaleras para concluir el negocio a sus espaldas.





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