David Copperfield
David Copperfield Para dar mayor fuerza a sus palabras, el señor Micawber saboreó un vaso de ponche con muestras de gran regocijo y empezó a silbar la College Hornpipe.[23]
Me apresuré a responderle que conservarÃa el recuerdo de sus máximas, aunque, a decir verdad, no creo que fuera necesario, pues resultaba ostensible que habÃan causado una profunda impresión en mÃ. A la mañana siguiente, me reunà con toda la familia en la parada de la diligencia, y contemplé, con el corazón encogido, cómo ocupaban sus asientos en la parte posterior del carruaje.
–Señor Copperfield –exclamó la señora Micawber–. ¡Que Dios le bendiga! Ya sabe que jamás podré olvidar lo sucedido; y, aunque pudiese, nunca lo harÃa.
–¡Adiós, Copperfield! –añadió el señor Micawber–. ¡Le deseo toda la felicidad y prosperidad del mundo! Si con el paso de los años pudiera convencerme de que mi desgraciado destino le ha servido de advertencia, sentirÃa que no he ocupado en vano el lugar de otro hombre en la tierra. En caso de que me surja alguna cosa (lo que sin duda ocurrirá), me sentiré sumamente dichoso de ayudarle a mejorar su situación.