David Copperfield
David Copperfield Creo que, cuando abandoné la persecución del joven del carro y emprendí el camino hacia Greenwich, tuve la idea disparatada de seguir corriendo hasta Dover. Pero no tardé en recobrar el juicio, pues hice un alto en la carretera de Kent, junto a una hilera de casas con un estanque delante, que tenía en el centro una ridícula estatua de gran tamaño, soplando una caracola. Me senté en el peldaño de una puerta, completamente extenuado y casi sin fuerzas para llorar por la pérdida de mi baúl y de mi media guinea.
Había oscurecido; oí que los relojes daban las diez, mientras descansaba un poco. Pero, por fortuna, era una noche de verano y hacía buen tiempo. Cuando logré reponerme, y la sensación de ahogo desapareció de mi garganta, me puse en pie y seguí mi camino. En medio de mi aflicción, ni por un momento se me pasó por la cabeza regresar. Y no creo que lo hubiera hecho, aunque hubiese caído una copiosa nevada en la carretera de Kent.
